La obediencia es fundamental para la vida cristiana. La verdadera fe en Dios resulta en someterse a su voluntad. Y el que se somete a la voluntad de Dios obedecerá a su Palabra. Los escritores de la Biblia, que eran hombres inspirados por Dios, dieron gran importancia a la obediencia a lo que Dios dice en su Palabra.
Repasemos unos pasajes de la Biblia que subrayan la importancia de la obediencia.
- “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios” (1 Samuel 15:22).
- “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).
- “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15:14).
- “Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17).
- “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:4).
- “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:13).
La obediencia, ¿por qué?
No alcanza el espacio aquí para examinar todas las razones por las cuales debemos ser obedientes a Dios en todo. Sin embargo, analicemos cuatro razones que resaltan la importancia de la obediencia a Dios.
Dios lo manda
Los pasajes bíblicos que vimos antes afirman claramente este hecho. Cuando Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”, él quiso decir que ésta es la manera en que mostramos nuestro amor para con Dios. Dios no da ningún mandamiento sin también dar un propósito divino. Cada mandamiento es sumamente importante, y no podemos hacer caso omiso a ninguno de ellos y esperar que vayamos a escapar las consecuencias. Si la desobediencia a las leyes de esta tierra se considera un delito que merece el castigo de multas, prisiones, y en algunos países hasta la pena de muerte, ¿cuánto mayor castigo merece el que peca contra Dios por desobedecer sus mandamientos? Cuando Dios habla… cuando él manda, a nosotros nos toca obedecer.
Dios sabe lo que es mejor
Nuestro destino eterno está en las manos de Dios. Su poder, sabiduría, y amor son tales que podemos decir con toda confianza: Es mejor confiar en Dios que en la sabiduría del hombre. La Biblia nos da abundantes pruebas de que el hombre, cuando no toma en cuenta la sabiduría de Dios y sustituye su propia sabiduría por ella, inevitablemente sufre consecuencias adversas. Adán y Eva permitieron que Satanás los convenciera de que su sabiduría podía igualarse a la sabiduría de Dios. Así ellos echaron sobre sí mismos y sobre toda la humanidad la desgracia del pecado y la muerte como consecuencia de su desobediencia. La Biblia en Génesis, capítulo 6, describe en breve cómo los hombres se habían corrompido. Habían vuelto la espalda a Dios y al fin Dios los destruyó en el diluvio. Cuando Nadab y Abiú intentaron rendir servicio a Dios según sus propias ideas, fueron consumidos por fuego que salió de delante de Dios (Levítico 10:1-2). Cuando el rey Saúl hizo caso omiso al mandato de Dios, perdió el reino (1 Samuel 15:1-35). Los hijos de Israel dejaron a Dios y rindieron culto a los ídolos, y fueron esparcidos por todas las naciones (Zacarías 7:14). En la Biblia aparecen muchos ejemplos más que muestran la imprudencia de confiar en nuestra propia sabiduría en lugar de la suprema sabiduría de Dios. Todo lo que tenemos y todo lo que somos, es por la gracia de Dios. Su cuidado por los suyos es tan grande y su sabiduría tan perfecta que no erraremos nunca si aceptamos lo que él nos manda y lo obedecemos por amor.
La obediencia significa una unión con otros seguidores obedientes
Sabemos que la unión significa fuerza, y que la falta de unidad significa debilidad. Este hecho es claramente evidente en las naciones del mundo. Lo mismo ocurre entre la hermandad de la iglesia. Para ganar al mundo para Cristo, es sumamente importante ser unidos bajo la autoridad de Dios, ser guiados por él Espíritu Santo, y obedecer lo que Dios manda en su Palabra.
La única manera en que la iglesia puede perseverar en verdadera unidad es sobre el fundamento de una entrega completa a la autoridad de Dios. Cualquier unión que carece de este fundamento no es duradera. Muchas divisiones en las iglesias provienen de una falta de entregar la voluntad completamente a Dios. Para evitar esas divisiones, es necesario hacer morir nuestro propio ego y entregarnos de lleno a la voluntad de Dios. Es necesario quitar toda carnalidad del viejo hombre de nuestra vida y llenarnos del amor de Dios. Cuando el amor de Dios llena el corazón de los hermanos de la iglesia y la causa de Cristo motiva a otros a buscar de Dios, muchas de las diferencias de opinión entre los hermanos pierden importancia y el amor los une en un cuerpo fuerte, concertado, y espiritual.
La Biblia no ofrece promesas para el desobediente
La Biblia contiene muchas promesas preciosas. Pero ninguna de ellas es para los desobedientes, a no ser que sea para el arrepentido. Dios ha hecho una amplia provisión para las debilidades y necesidades del ser humano. La salvación por medio de la fe en Jesús es una fuente de gran consolación para el cristiano que está consciente de su gran necesidad. Si no existiera esta promesa tan claramente subrayada en la Biblia, ¿cuál sería la esperanza del cristiano? Jesús, por su gran amor para con nosotros, nos asegura que “el que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna” (Juan 5:24). Sin embargo, aunque Dios sea tan generoso para con los que humildemente procuran cumplir con su voluntad y le sirven en espíritu y en verdad, no ofrece ninguna esperanza para los que rechazan su Palabra. “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7).
Los resultados de la obediencia
Al cristiano obediente, le es un gusto hacer lo que Dios le manda. Pero, a veces sucede que pasa por alto sin intención lo que es la voluntad de Dios. En tal caso, el cristiano debe en el momento en que se da cuenta de su error, arrepentirse y hacer lo que sea necesario para corregir la falta que cometió. También, se preocupa por no volver a fallar de esa forma de nuevo. Esto demuestra la relación que tiene el discípulo obediente con su Maestro celestial.
El primer resultado de obedecer a Dios es una abnegación de uno mismo. Nuestra voluntad tiene que ser abnegada para aceptar la voluntad de Dios. Obviamente, esta es una lucha que enfrentamos. Satanás no quiere soltar su control sin presentar una lucha. Los deseos de la carne, que siempre son una lucha para la mente carnal, son difíciles de crucificar. Aun después de entregarnos a Cristo, a veces la lucha de desear a volver a la vida de antes sigue. Pero con la ayuda de Dios y con su poder podemos resistir esas tentaciones. Al entregarnos a la voluntad de Dios y vivir en obediencia a él, se debilita el poder de la tentación. Podemos ser victoriosos con el poder del Espíritu Santo en nuestra vida.
Debemos recordar que Dios no quita de nosotros nunca algo sin reemplazarlo con algo mucho mejor. La obediencia a Dios significa seguirle dondequiera que él nos quiere llevar. Esto nos libera del “lodo cenagoso” del pecado y nos hace libre “de la ley del pecado y la muerte”. Nos da la armadura de Dios con las cuales “podemos estar firmes contra las asechanzas del diablo” y nos pone en el nivel más alto que existe para el ser humano.
De seres malvados, viviendo en pecado, nos eleva la vida a los lugares celestiales con un gozo inefable. Sin embargo, la culminación de los resultados de la obediencia nos espera más adelante cuando salimos de esta vida a la vida eterna en la mera presencia de nuestro Hacedor y escuchamos las benditas palabras: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mateo 25:34).
No perdemos nada por dejar la vida del pecado en esta tierra y volvernos obedientes a la voz del cielo. Para todo aquel que fielmente lleva su cruz aquí en la tierra, hay una gloriosa corona en el cielo.
—Daniel Kauffman