Mi esposa y yo acabamos de leer un libro acerca de un hombre llamado Bennet. El hombre era engañoso y de dos caras. En su vida privada era muy arrogante y creía que su vida dependía de sí mismo. Con su esposa e hijos era abusivo y odioso. Su afán principal era el dinero, y entre más ganaba más quería. Por su avaricia, a veces se comportaba de modo ridículo. Cuando sufría alguna pérdida significativa en sus finanzas, se desanimaba tanto que hasta lloraba. En una ocasión se desanimó porque el caballo que quería vender murió antes de que pudiera venderlo. Otra vez lloró cuando le llegó un cobro del hospital por un hijo que había estado internado. En otra ocasión lloró por la pérdida que sufrió cuando unas vacas se le murieron en una estampida. Pero, no lloró nunca por las heridas que les causaba a su esposa e hijos. En fin, su vida giraba alrededor del dinero y de sus negocios. Cuando gozaba de algún éxito, lo atribuía a su propia capacidad administrativa. Cuando sufría alguna pérdida, buscaba la manera de culpar a otros.
Ante el público, Bennet mostraba otra cara. Daba la apariencia de ser un buen cristiano. Asistía fielmente a los cultos en la iglesia. Todos los sábados por la tarde, sacaba tiempo para estudiar la lección de la escuela dominical para el siguiente día, domingo. Lamentablemente, no lo hacía para su propio bien espiritual, sino para poder participar y así impresionar a los demás asistentes con sus comentarios en la clase. Él quería que las personas pensaran bien de él. Después, durante el sermón, Bennett prestaba mucha atención. Incluso, cuando terminaba el culto, él elogiaba al pastor por el buen mensaje. Pero no tenía ni el menor deseo de que el poder del Evangelio cambiara su corazón y su vida. Bennett era lo que la Biblia llama hipócrita.
En Mateo, capítulo 23, Jesús pronunció unos ayes sobre los escribas y fariseos por su hipocresía. Siete veces Jesús repite las palabras: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!” Los escribas y fariseos fingían ser justos, pero no lo eran. Lo que mostraban era sólo una fachada, una mentira. Jesús dijo que estaban llenos de hipocresía e iniquidad. Su justicia no provenía del corazón, sino que era una farsa y una pretensión. Jesús les dice en el versículo 33: “¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?” Es decir, los hipócritas no pueden entrar en el cielo si no se arrepienten. Muchos años previos a esto, el profeta Isaías había declarado: “Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Isaías 29:13).
En el libro de Hechos hay un relato espectacular de un caso de hipocresía en la iglesia primitiva que dio consecuencias desastrosas. En el capítulo cuatro vemos cómo los hermanos de la iglesia en Jerusalén se compadecían los unos de los otros de modo que algunos hasta vendían las propiedades que tenían y donaban el dinero para suplir las necesidades que existían entre ellos. Dice: “Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hechos 4:34-35). Después, da el ejemplo de un hermano llamado Bernabé que vendió una heredad y trajo el dinero y lo entregó a los apóstoles.
En el capítulo cinco, sigue la narración acerca de Ananías y su esposa, Safira que también vendieron una propiedad. No era exigido hacerlo, ni tampoco tenían la obligación de donar todo el dinero. Sin embargo, la pareja conspiró para crear una falsa impresión de su nivel de espiritualidad. Escogieron dar una apariencia falsa de piedad. Creyeron que podrían esconder su hipocresía, y quizá pensaron que así ganarían la admiración de los demás como había ocurrido con Bernabé. Así fue que Ananías llevó sólo una parte del precio del terreno a los apóstoles, cosa que tenía todo el derecho de hacer. Su pecado no consistía en el acto en sí, sino en aparentar que había donado todo el precio obtenido.
Para sorpresa de Ananías, Pedro no lo alabó, sino que lo reprendió y dijo: “Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron.”
Cuando Ananías se presentó a los apóstoles ese día, supongo que esperaba oír palabras agradables de alabanza por su generosidad y recibir miradas de admiración. No esperaba caer muerto allí mismo.
Quizá algunos se preguntarán por qué Dios fue tan severo en el castigo de Ananías. La Biblia no nos da la razón; pero sí sabemos que la iglesia era nueva y que era importante que estableciera el testimonio de una comunidad de personas apartadas del pecado y que no tolerarían la hipocresía. También debemos recordar que el juicio que cayó sobre Ananías provino de Dios y no de Pedro. Jesús había dicho a los apóstoles que las puertas del Hades no prevalecerían contra su iglesia (Mateo 16:18). La intención de Satanás era estropear el crecimiento de la iglesia de Cristo. Fue Satanás el que llenó el corazón de Ananías para mentir al Espíritu Santo. Pero Dios sacó a la luz el pecado oculto que había en la iglesia y así la liberó de la levadura de la hipocresía.
Unas tres horas después de la muerte de Ananías, entró Safira, sin saber lo que le había pasado a su esposo. Quizá había estado en casa, esperando que Ananías llegara con un informe brillante de cómo fue admirado por los apóstoles y toda la iglesia. Pero, al no regresar su marido, ella también fue. Cuando Pedro la vio, no tardó en llegar al grano del asunto. Le preguntó: “Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad?” Sin titubear, ella afirmó la mentira que ella y su esposo habían acordado, y contestó: “Sí, en tanto. Y Pedro le dijo: ¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor?” Jesús, en Juan 14:6 dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. La mentira en nombre de Jesús es una afrenta al Espíritu del Señor. Jesús también dijo en Juan 8:44, refiriéndose al diablo: “Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.”
Entonces Pedro respondió a Safira y dijo: “He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti. Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido.” Luego dice la Escritura: “Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas”. (Véase Hechos 5:1-11.) Es imperativo que nos alejemos de lo malo. Es peligroso guardar el pecado en el corazón. Jesús dice en Mateo 11:28: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. Ocultar el pecado con hipocresía es una carga pesada. ¿Estás cargado con este pecado? Jesús dice: “Venid a mí”. Él ofrece descanso para el alma. Arrepiéntete de tu pecado y confiésalo.
Ananías y Safira acordaron ser hipócritas, pero fue una decisión muy mala. Hubieran podido decir a Pedro y los apóstoles que habían vendido una propiedad, y que habían propuesto donar cierta parte del precio a la iglesia. No había ninguna necesidad de mentir. Apocalipsis 21:8 dice que los mentirosos no entrarán al cielo, sino que “tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.
La Biblia también dice: “Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13). No existen secretos que se puedan ocultar de Dios, ni es posible escondernos de él. Pero, gracias a Dios, podemos liberarnos de nuestros pecados por medio de la sangre de Cristo, si nos arrepentimos y confesamos nuestros pecados. Dios es fiel y justo, y quitará nuestros pecados y los alejará para siempre. El salmista dijo: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Salmo 103:12). El oriente del occidente es una distancia infinita; no tiene límite. También en 1 Juan 1:7 nos dice: “Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Si hay hipocresía o cualquier otro pecado en tu vida, confiésalo a Jesús, y entrega tu vida a él. Permite que Jesús tome el mando de tu vida y vive para él. Él hará de ti una nueva persona (2 Corintios 5:17).
En conclusión, escuchemos las palabras del apóstol Pablo en Efesios 4:25 donde dice: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo”. No seamos hipócritas.