El uso bíblico de la vara de corrección

Los que observan la conducta de los alumnos en nuestras escuelas a veces comentan su buena conducta. Es verdad que le toca al maestro controlar los alumnos y que la calidad de su disciplina se hace patente ante los demás. Pero en realidad, a los padres se les debe la mayor parte de la recomendación por la buena conducta de los niños. Tal conducta es el producto de muchos años de disciplina fidedigna en el hogar e incluye el uso de la vara.

Una vez unos oficiales del gobierno de Rumania visitaron un orfanato cristiano en su país. Después del recorrido, uno de ellos preguntó: “¿Usan ustedes la vara para corregir a estos niños?” (En muchos países, el uso de la vara de corrección es un asunto delicado.) El que los conducía les respondió sabiamente: “Señor, usted ha sido muy exitoso en su vida. ¿Cómo sucedió?” Los compañeros del oficial se rieron, y allí se terminó el asunto. Se daban cuenta de que la educación de hombres exitosos incluye el uso de la vara. Aun en el mundo se admira la buena conducta de los hijos de cristianos, pero a muchos les es difícil aceptar que la vara es necesaria para producir tal conducta, verdad que enseña la Biblia.

Algunos dicen que nunca sufrieron el uso de la vara o que nunca la usaron con sus hijos. Pero no pensemos que unos azotes a tiempo no les habrían tenido buen efecto.

Los niños nacen con la naturaleza necia y autodestructiva. Proverbios 22:15 dice: “La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él.”

No es de extrañar que el niño necesite la aplicación de la vara; heredó la naturaleza pecaminosa de sus padres. Y ¡cuán necia es esa naturaleza! El borracho es necio. El ladrón es necio. El mentiroso es necio. El que dice que no hay Dios es necio. Tal persona se hace víctima de su propia necedad.

Un aspecto de esa necedad es el egoísmo— ver todo a la luz de cómo lo afecta a sí mismo. Esta actitud le hace cruel y antipático. Sus relaciones personales sufren. Crea mucha tristeza para sí mismo. Dios creó las relaciones sociales para nuestro beneficio, pero el egoísmo natural suprime estas bendiciones.

Otro aspecto de la necedad es la terquedad. El orgullo de la persona demanda que se hagan las cosas a su manera y no se rinde a la voluntad y la autoridad de otro. Resulta en desobediencia y rebelión contra cualquier autoridad. Produce gestos desafiantes y furiosos. Cuando tal niño va a la escuela, cree que los maestros se quieren meter con él. Más tarde resiste la dirección de los ministros en la iglesia. Desafía las autoridades civiles. Las cárceles se necesitan para los que neciamente siguen el camino de la terquedad. No quieren que nadie les restrinja, pero se encuentran restringidos por las rejas.

La necedad natural de la persona también se manifiesta por el libertinaje, o sea, la vida licenciosa. La caída del hombre corrompió sus apetitos. Ya no puede depender de sus apetitos para conducirle a lo bueno. En vez de comida buena, quiere la comida basura aunque le perjudique la salud. Toma alcohol que pone en peligro su vida. Aspira el humo de tabaco hasta que se le enferman los pulmones. Corre tras la lascivia a la ruina de su salud y su gozo.

La naturaleza humana es tan necia que el niño consentido avergüenza a su madre y le lleva al niño al mismo infierno. Pero “la vara y la corrección dan sabiduría” (Proverbios 29:15).

Pocos son los psicólogos modernos que admiten la verdad bíblica de que la necesidad de la naturaleza humana es la vara de corrección. Dicen que el niño nace con buena potencial y que el ambiente y los padres lo corrompen. Dicen que la disciplina, especialmente el uso de la vara, restringe la autoexpresión y la creatividad del niño. Comenzando con la falsa ciencia de la evolución y la filosofía del humanismo, los hombres hacen que sus razones suenen lógicas. Pero tales normas de educación, tolerantes e indulgentes, no concuerdan con la realidad y se oponen a la inspirada Palabra de Dios.

La vara aleja del niño la insensatez. Ni la obra de Cristo ni la del Espíritu Santo ha eliminado la necesidad de la vara para disciplinar el niño.

Aunque todas las citas bíblicas que enseñan el uso de la vara se encuentran en el Antiguo Testamento, Hebreos 12:6–11 implica lo mismo: “...porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?… Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos… Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.” Es evidente que el azote de la vara es algo que todo hijo necesita y que tal disciplina conduce al fruto de la justicia.

Los niños que se han criado con todo lo que quieren—juguetes, libertad, diversión—¿serán más contentos y preparados para los rigors de la vida que los que se han criado sin ese sinfín de cosas? Los niños que se han criado según las filosofías modernas, sin disciplina ni restricción, son niños difíciles. Sus vidas son un fracaso. Ojalá que alguien los hubiera tomado de la mano en su niñez y los hubiera enseñado de manera debida.

Dios da a cualquiera la gracia para tomar su cruz y seguir a Cristo, pero ni el arrepentimiento ni la conversión según el evangelio pueden anular completamente los daños de los malos hábitos de la naturaleza humana sin disciplina.

¿Quiere usted ver a sus hijos llegar a ser personas descontroladas, amenazantes a la sociedad, destinadas al infierno eterno? ¡Claro que no! Usted los ama demasiado. Pues no tiene otra alternativa; utilice la vara de corrección. “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige” (Proverbios 13:24). Según las Escrituras es claro que la vara se tiene que usar.

Los niños desobedientes y querellosos que causan disturbios en público o en privado nos indican que les falta la disciplina con la vara. Al contrario, según las Escrituras y según la observación personal, los obedientes, tranquilos y bondadosos no son así por accidente ni porque nacieron así.

Para que sea eficaz, la vara se ha de usar según las Escrituras. Dirá un padre: “Le doy castigo tras castigo a ese niño, pero no produce el efecto debido.” En realidad, la vara que se usa incorrectamente, puede causar más daño que bien. El objetivo de la vara es causar tristeza por los delitos y producir la obediencia sumisa. Si todavía se muestra rebelde el niño que se ha azotado, aunque cumpla la ley, el castigo no ha tenido buen efecto. La Biblia dice: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos” (Efesios 6:4), y: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos” (Colosenses 3:21). Agarrar un palo y con ira darle una paliza dura al niño le hace sentir abusado y rechazado. El azote de que habla la Biblia no provocará al niño a la ira ni le desanimará. Más bien producirá el “fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”. Trae paz tanto al niño como también a los padres y la familia. “Corrige a tu hijo, y te dará descanso, y dará alegría a tu alma” (Proverbios 29:17).

Las Escrituras indican que para azotar el niño se debe usar una vara, no una tabla o un palo grueso que le causarían daño. La raíz de la palabra hebrea que se traduce vara indica un palo fino, que en el contexto de un azote debe ser un palo flexible que pica sin causar daño físico.

Sí, el azote duele. Dios ha planeado que con el dolor se corrige la necedad del corazón. Ni regaño ni sermón será suficiente. El razonar con el niño tiene límites. Se necesita la vara. “Los azotes que hieren son medicina para el malo, y el castigo purifica el corazón” (Proverbios 20:30). “Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza; mas no se apresure tu alma para destruirlo” (Proverbios 19:18).

Después de castigar a un niño en la escuela, él me dijo que le dolía. Le expliqué que así debía ser para que le corrigiera. El sentir dolor apacible en la niñez es mucho mejor que sufrir las consecuencias de una vida de pecado y el castigo eterno. “No rehúses corregir al muchacho; porque si lo castigas con vara, no morirá. Lo castigarás con vara, y librarás su alma del Seol” (Proverbios 23:13, 14). El uso de la vara en sí no trae salvación al alma del niño, sino que lo pone en el camino de la sumisión a Dios y Su disciplina.

El castigo corporal se debe hacer con una vara. Aparentemente la mano no es adecuada. No es muy eficaz azotar un niño en pañal. Depende de la edad del niño, pero a menos que el azote duela hasta el punto de producer lágrimas, no será muy eficaz.

Creo que en el hogar y en la escuela debe haber un lugar y una manera establecidos para azotar el niño. La vara debe estar a mano, y usted y el niño deben saber dónde está. Normalmente, no debe ser necesario buscar un instrumento en el momento de crisis. Pero no debemos evitar usarlo sólo porque no todo está normal.

La vara se debe usar en privado, por ejemplo, detrás de una puerta cerrada. La meta es ganar la voluntad del niño, no avergonzarlo.

El castigo debe ser un evento solemne en vez de una expresión de la ira descontrolada del padre o el maestro. Un joven creía que no se debe castigar con la vara, porque le parecía que es nada más una manera para el padre desahogar su enojo. Me pregunto qué clase de castigos habrá recibido ese joven. El niño que recibe un castigo abusivo fácilmente siente resentimiento. Al contrario, si el castigo se da para el bien del niño y según los principios bíblicos, el niño siente el amor y responde de acuerdo.

No es decir que el padre no siente ninguna emoción. Algunos padres no se emocionan lo suficiente para administrar un castigo. En cambio, algunos padres se sienten muy indignados por el comportamiento de sus hijos, y es necesario que controlen ese sentimiento. “Airaos, pero no pequéis” (Efesios 4:26).

Tener un lugar específico donde azotamos los niños nos va a ayudar a controlar major nuestras emociones. El tiempo que tardamos en llegar a ese lugar nos da tiempo para orar. El uso de la vara y la educación adecuada del niño son asuntos que requieren la ayuda de Dios.

No debe esperar mucho tiempo entre la ofensa y el castigo, especialmente para los niños pequeños. Deben comprender causa y efecto. Puesto que el castigo alivia la conciencia, se debe hacer a tiempo.

El castigo se debe aplicar en pasos distintos. Primero, ir al lugar. El niño debe seguirle o darle la mano para mostrar su sumisión a su autoridad. O quizás será necesario mandarlo a su habitación hasta que usted venga. Así él se quita del pleito, (si es así el caso). Muestra poco respeto al niño agarrarlo de un brazo o de una oreja y bruscamente conducirlo a donde no quiere ir, y le es una mala introducción al castigo que le espera.

Segundo, antes del castigo explíquele brevemente el porqué del castigo. Asegúrese de que el niño entienda, pero no discuta con él ni permita que el niño se defienda. Así se cumple el reglamento doble de la Biblia: “Criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4). Algunos padres cometen el error de hablar demasiado y actuar muy poco.

Administre disciplina para corregir el niño, no para vengarse de la humillación que le ha causado. Explicarle que causó un disturbio muy desagradable entre los amigos es major que decirle: “Me avergonzaste delante de los demás.” Enseñarle que lo que dijo mostró una falta de respeto a su padre es mejor que decir: “Me hiciste sentir muy mal.” La disciplina no es para defenderse, sino para instruir el niño.

El niño nunca debe sentir que a usted le gusta castigarlo. Debe sentir que el castigo es una cosa solemne y que se efectúa con dignidad.

El tercer paso es mandar el niño ponerse en posición para recibir el castigo. Por ejemplo, debe doblarse sobre una cama o silla, o poner las manos encima de una mesa o silla. Eso le ayuda a someterse al castigo.

En cuarto lugar, hay que azotar el niño. Deben ser azotes medidas, no tan rápidos que comunican furia, ni demasiado lentos para prolongar el dolor. Es mejor decidir de antemano cuántos azotes le dará. De seis a diez deben ser suficientes. No deje de castigar solo porque el niño de repente promete obedecer. Si el niño sabe que se deja de azotar cuando él llora, va a llorar inmediatamente para no recibir nada.

Hay dos maneras de llorar. Una expresa autocompasión; la otra, tristeza y remordimiento por el delito. Corrija la primera, pero acepte con gratitud la segunda. Si el niño llora fuertemente o grita, se debe suspender el castigo hasta que lo deje para luego terminar, quizás contando de nuevo los azotes.

El quinto paso es de mucha importancia. Después del castigo le puede decir que espera que el castigo tenga el efecto deseado. Hágale entender que todo está bien. Eso le ayudará a aceptar el perdón de Dios en Cristo cuando le rinda su voluntad. No se le debe hacer al niño sentirse culpable ante Dios. El niño es responsable ante usted, y el castigo que usted le da debe aclarar el asunto. Es un buen momento para el niño pedir perdón. Se le debe dar tiempo para calmarse antes de juntarse con los demás. Si sigue llorando, se le manda: “Ya deja de llorar.”

A veces queda trabajo por hacer después del castigo. Si el delito era la desobediencia, el niño tiene que completar el mandado. Si ha causado dolor o si ha ofendido a alguien, debe pedir perdón. En algunos casos, usted debe acompañarle en este paso para darle su apoyo y para asegurarse de que lo haga.

Todo esto lleva tiempo. Pero es tiempo en que usted se comunica con el niño. Le está indicando que el bienestar de su alma le es más importante que el trabajo del momento.

Y ¿qué de las autoridades civiles que dicen que usar la vara es abusive? Así creen. En ciertos países se les llama a los padres ante los tribunales por usar el castigo corporal como manda la Biblia. Tienen que responder a interrogaciones extensas.

Es verdad que algunos usan la vara abusivamente. Tal uso no es bíblico. Pero es aun más abusivo al niño no usar la vara a tiempo, dejándole a su cuenta para su propia destrucción. No debemos dejar que nos intimiden los que no creen en el método que nos manda usar Dios. No debemos estar avergonzados de obedecer a Dios.

Estas personas se refieren al uso de la vara como “pegar” al niño en vez de azotarlo. Lo pintan lo más negativo que puedan. En muchos países han quitado el derecho de usar la vara en las escuelas públicas. La vara usada según manda la Biblia no viola los principios de amor ni de la no resistencia al que hace mal. Y su objetivo es ayudar al niño a desarrollar un buen carácter. Es mejor no usar la vara en público; sin embargo, en casa debemos usarla cuidadosamente para que podamos dar cuenta sin pena ante los tribunales si fuera necesario.

Para ser eficaz, la vara debe ser sólo una parte de nuestro esfuerzo de criar los niños en la disciplina y amonestación del Señor. El amor es primordial. Siempre aceptemos el niño con cariño para que sepa que pertenece a la familia y que lo queremos. Buscamos su bien, y nos relacionamos con él como a una persona respetada. Tal respeto y aceptación deben estar tan firmemente asentados en su conciencia que nunca interpreta un castigo como un rechazo. Sabe que sus padres le amaron antes del castigo, durante el castigo y después del castigo. Es muy normal para un niño arrimarse a su padre o su madre después de un castigo, así mirando al que le castigó para refugio. Tales momentos deben ser muy especiales para los padres; prolónguelos.

El ambiente amoroso de la casa prohíbe la parcialidad y el favoritismo. Algunos niños necesitan más castigos que otros. Unos son más fáciles de amar, pero todos necesitan el mismo amor.

El azote debe siempre ir acompañado de un buen ejemplo. Queremos que el niño sepa discernir entre bien y mal. Si se le castiga por reñir con sus compañeros, ¿qué si ve a sus padres riñéndose? Si se le castiga por usar malas palabras, ¿cómo va a entender si oye a sus padres usar tales expresiones?

Debe haber acuerdo entre los padres en cuanto al castigo. Uno no debe oponerse al castigo que el otro administra. Si el niño siente que su madre está en contra del azote que le dio su padre, no recibe el beneficio que debe recibir. Cualquier diferencia de opinión entre los padres se debe solucionar en privado, no en presencia de los niños. A veces uno se da cuenta de que ha castigado injustamente. Quizás el otro cónyuge se lo hace saber en privado. Si es así, hay mucho para ganar con irse al niño y pedir perdón. Así el niño sabe que estamos buscando su bien.

Una parte importante de la crianza del niño es la amonestación (Efesios 6:4). La vara, por importante que sea, no otorga al niño un conocimiento de Dios y Su Palabra. Aun un ateo podría enseñar a su hijo a obedecerle y a ser bien disciplinado. Nuestro objetivo abarca más que eso. Queremos que sean siervos útiles en la iglesia y que tengan la esperanza de vida eterna. La vara es un hilo en la cuerda de la educación bíblica del niño.

¿Qué conducta merece el uso de la vara? No todos los problemas del comportamiento merecen el uso de la vara. A veces, por inmadurez o ignorancia, el niño causa dolor a otro. Tampoco se le azota por botar su vaso en la mesa, a menos que lo haya hecho deliberadamente.

La desobediencia deliberada merece el uso de la vara. Si el niño se va cuando usted le dice que venga, es asunto serio. Algunos padres creen que es chistoso que el niño que apenas puede caminar atrevidamente se huye cuando lo llaman. Tal niño consentido no mostrará respeto cuando ya sea joven y los padres lo quieren dirigir.

Es preciso enseñarle al niño a obedecer la palabra “no”. Requiere disciplina cada vez que el niño desobedece. Mi esposa y yo observamos en una sala de espera a un niño preescolar que rompía páginas de las revistas que estaban allí. Su madre repetidas veces le dijo que no. Por fin agarró todas las revistas y las puso en una mesa, diciendo: “No más.” Dentro de poco, el niño se dirigió a la mesa para agarrar las revistas. Su madre le dijo: “Sólo una.” Al no castigarlo por su desobediencia, esa madre le enseñaba a su hijo que podía desobedecer sin sufrir las consecuencias. Siento lástima por aquella madre. Siento lástima por su hijo. Siento lástima por su maestro en la escuela. Siento lástima por la mujer con quien se case. Si no se refrena tal desobediencia (y cuanto más se tarda, más difícil será), el alma de ese niño se perderá. Dios no es como esa madre indulgente; no se puede desobedecer a Dios sin sufrir las consecuencias.

Merecen un castigo la terquedad y la rebelión. Están mostrando su terquedad orgullosa los niños que contradicen, porfían, miran intensamente a sus padres para avergonzarlos, rehúsan cooperar con los demás, o no se someten. Una vez mandamos a uno de nuestros hijos pequeños a recoger unos juguetes. Rehusó hacerlo. Se libró una lucha de voluntades. Un solo castigo no era suficiente. Después de azotarlo, todavía estaban allí los juguetes. En un momento así, es preciso que el padre gane. En este caso, el padre sí ganó, y la reacción del niño mostró que él también había ganado. Estaba más contento y sumiso. Si hubiera ganado en el principio, habría perdido al final.

Hay una controversia sobre “domar la voluntad del niño”. No queremos aplastar el espíritu del niño, pero para que crezca content y simpático, es necesario que se le enseñe a rendir su voluntad a la de otros, particularmente a la autoridad sobre él.

La violación de las leyes morales requiere el uso de la vara. La mentira, el robo, las peleas, la impureza, las malas palabras y la destrucción deliberada de propiedad merecen un castigo.

Las malas actitudes muchas veces no se corrigen sino con el uso de la vara. Las escenas desagradables a la hora de acostarse no se deben permitir. Una mala actitud con respecto a los trabajos se debe corregir. Disconformidad en cuanto a comer ciertas comidas, ir a la iglesia, o volver a la casa después de una visita necesita corrección.

Las actitudes, como las acciones, son el resultado de decisiones. Cuanto más pronto el niño aprenda a estar contento, aunque no vayan las cosas según su antojo, más agradable y pacífico llegará a ser.

¿A qué edad se debe comenzar a aplicar la vara a un niño? Se debe castigar corporalmente cuando el niño muestre por primera vez desobediencia, enojo o terquedad. Ya que no es verbal el castigo, el niño no tiene que entender la explicación para entender que cuando se hace tieso en rebelión, recibirá dolor. Así aprende a no hacerlo. Esta lección le servirá muchas veces en la vida, y cuanto más pronto la aprenda, menos problemas tendrá y menos problemas les causará a otros.

El único mandamiento de Dios para los niños es la obediencia a los padres, y los padres son responsables de enseñarles ese mandamiento. A veces requiere el uso de la vara. “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor” (Colosenses 3:20).

Usado con el permiso de Brotherhood Publications, Hagerstown, MD 21742 ©2003.

El texto bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de American Bible Society, y se puede usar solamente bajo licencia.

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Español
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Rod and Staff Publishers Inc.
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