El amor para con los enemigos

Ama a nuestros enemigos es un mandato de nuestro Señor Jesucristo. ¿Como podemos desarollarnos en esta área con perdón y amar de corazón a nuestros enemigos? Jesus nos enseña, amar en vez de odiar, bendecir en vez de maldecir, y hacerles bien en vez de aborrecerles.

Como hemos estado notando en los números anteriores, Jesús introduce nuevos conceptos en cuanto a la vida del creyente en el Sermón del Monte. Ahora veamos otro concepto que Jesús introduce que va en contra de lo que se practicaba en el Antiguo Testamento.

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:43-48).

Ésta es la sexta vez en el Sermón del Monte que Jesús declara “pero yo os digo”. Estas palabras son tanto mejores y exigen una justicia mucho mayor que la que se exigía en el Antiguo Testamento con el “oísteis que fue dicho” (Hebreos 8:6; Mateo 5:21). En Cristo, el antiguo pacto fue cumplido y dio lugar al nuevo.

Estas palabras de Jesús introducen un concepto muy poderoso y lleno de autoridad divina, pues son las nuevas reglas que rigen en el reino de Dios. Son palabras que deben resonar desde cada púlpito, que deben enseñarse en cada hogar, y que deben documentarse en cada declaración de fe. Pero sobre todo, deben estar escritas en el corazón de cada seguidor de Cristo (Hebreos 8:10), y deben manifestarse en la vida práctica del creyente (Efesios 4:2; Colosenses 2:6).

En nuestro texto, Jesús introduce la nueva regla diciendo: “Amad a vuestros enemigos” (v.44). Pero, ¿a quiénes se refiere Jesús cuando dice “enemigos”? En el contexto se mencionan algunos. Los enemigos son los que nos maldicen, nos aborrecen, nos ultrajan, y nos persiguen. Podemos concluir que enemigo es cualquier persona que nos desea el mal o procura causarnos algún perjuicio. A éstos es nuestro deber mostrarles amor, bendecirlos, y hacerles bien, como también orar por ellos.

¿Qué es el amor? ¿Cómo puedo mostrarle amor a mi enemigo? Cuando una persona ama de verdad, tiene una actitud de perdón, compasión, y amabilidad para con el otro. Esta condición del corazón luego dispone a la persona a demostrar el amor de forma práctica. (Véase 1 Corintios, capítulo 13.)

Jesús fue un ejemplo perfecto de lo que es el amor. Lo demostró cuando dejó la gloria del cielo y vino a este mundo (Filipenses 2:6-7). Lo manifestó cuando sanó a los enfermos y liberó a los que eran oprimidos por el diablo. Él mostró el amor para con los niños cuando tomó tiempo para bendecirlos.

Jesús también mostró su amor para con sus enemigos. Cuando quisieron apedrearlo, no se defendió, sino que se apartó de ellos (Juan 8:59). Cuando lo calumniaron, no abrió la boca en defensa propia. Llamó “amigo” al que lo entregaba (Mateo 26:50). Sanó la oreja de uno de sus perseguidores en el huerto de Getsemaní (Lucas 22:50-51). Y cuando lo crucificaron, oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Jesús sigue con decir: “Bendecid a los que os maldicen”. Maldecir implica “hablar en contra de otro en forma de desprecio u odio”. La respuesta del cristiano a esta clase de acoso o contrariedad debe ser responder con palabras que le desean el bien al que lo maldice. La ley de Cristo exige una buena actitud para con las personas contrarias. No permite menospreciarlas, ni expresar palabras de odio hacia ellas. Muchos son los que han pronunciado un “Dios te bendiga” como respuesta al que les hacía un robo o cualquier otro maltrato. Ésta es la ley de Cristo.

También debemos hacerles bien a los que nos aborrecen. Esto no es difícil de entender, pero quizá sea lo que compruebe más si tenemos el verdadero amor. Para el hombre carnal, quizá no sea tan difícil apartarse del que le hace mal y evitarlo. Pero Jesús manda dar un paso más y buscar maneras de hacerle el bien. Si te roba algo, ofrécele la mano en alguna necesidad que tenga. “Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber” (Romanos 12:20). Muestra con tus hechos que no te resientes por lo que te hizo, sino que te interesas por su bienestar. Hazlo sin esperar que te devuelva el bien. Con este acto amontonarás ascuas de fuego sobre su cabeza y vencerás con el bien el mal (Romanos 12:20-21).

El enemigo quizá seguirá perjudicándote a causa de su esclavitud al pecado. Pero no permitas que tales actos perturben tu actitud para con él, sino que sean causa de tenerle más compasión. Tampoco esperes que tu enemigo te recompense o te comprenda por el bien que le haces. Debemos recordar que no debemos hacerle el bien al que nos hace el mal para presionarlo a enmendarse. Debe provenir más bien del amor desinteresado que ha sido derramado en el corazón por el Espíritu Santo.

Jesús sigue diciendo que debemos orar por los que nos ultrajan y nos persiguen. Ultrajar significa “calumniar, difamar, o insultar”. Perseguir es “seguir o buscar a la persona con el fin de hacerla sufrir”. Por lo general, se relaciona la persecución con hacer sufrir a la persona para presionarla a ceder a lo que se le exige hacer.

Hay los que se dicen cristianos que oran pidiendo venganza de Dios sobre sus enemigos. Otros dicen que no se puede dejar vencer por el diablo. Con esto quieren decir que no van a dejar que le roben o que lo calumnien aunque tengan que acudir a la fuerza. Pero la regla de Jesús no es así. El amor para con el enemigo no admite la venganza, ni siquiera el deseo de venganza en el corazón (Romanos 12:19). El seguidor de Jesús ora por sus enemigos con el deseo verdadero de que se salven. La oración es un arma eficaz del cristiano, no para la destrucción del enemigo, sino para su salvación.

Orar por todos los hombres, aun por nuestros enemigos, es “bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:3-4). De esta manera colaboramos con el gran amor de Dios por el mundo (Juan 3:16-17).

Hacemos bien en examinar nuestra vida diaria a la luz de esta regla de amor del reino de Dios. Vemos que Jesús la presenta como un mandamiento que debemos obedecer.

Seguimos ahora con el versículo 45 donde dice: “para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”. Vemos que el amor es un requisito para que seamos hijos de nuestro Padre que está en los cielos. Es decir, con esto se define de quién somos hijos. Los hijos de Dios se conducen en conformidad con sus mandamientos. Pero, si odiamos al enemigo, si le devolvemos un golpe, si le deseamos el mal, ¿de quién seremos hijos? Satanás es el autor de todo lo que es contrario a la regla de Cristo. (Véase Juan 8:38; 1 Juan 3:8.)

Para recalcar la importancia de este nuevo mandamiento, Jesús expone delante de sus oyentes un gran contraste. Él describe el contraste que existe entre el ser humano dominado por el egoísmo y las características de nuestro Padre que está en los cielos. Nuestro Padre es benigno para con los injustos igual que para con los justos. Él hace salir su sol y hace llover sobre todos sin acepción de persona. ¡Qué ejemplo de humildad y amor de nuestro Padre celestial para con los que lo aborrecen! Además, la recompensa de ser llamados hijos de nuestro Padre que está en los cielos es incomparable con cualquier recompensa que pudiéramos obtener de los hombres.

El modo de actuar del hombre carnal contrasta marcadamente con el de Dios. El hombre egoísta ama al que lo ama. Da para recibir como reza el dicho: “Hoy por ti y mañana por mí”. Cualquiera puede tener una buena actitud para con la persona que le hace un bien. Es fácil extenderle la mano a un hermano o amigo y saludarlo. Todo esto, dice Jesús, lo hacen los publicanos y pecadores. Y el que se guía por estas normas, no es digno de la recompensa de ser como el Padre.

Jesús concluye esta parte de su sermón con un gran reto. Dice en el versículo 48: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. La palabra “perfecto” en este contexto significa “estar completos; maduros en virtud”. La Biblia repetidas veces nos aconseja que seamos imitadores de Dios y que crezcamos en la madurez espiritual. (Véase Efesios 5:1; 4:11-16; Hebreos 6:1-2.)

¿Es posible como seres humanos alcanzar tan alto nivel de conducta? Se dice que nadie jamás llegará a la medida de la perfección de Dios. El apóstol Pablo dice: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús” (Filipenses 3:12). El apóstol aquí reconoce que aún le falta alcanzar la medida completa de la perfección de Cristo. Pero, de ninguna manera utiliza esto como un pretexto para hacerle caso omiso a lo que Dios pide de él. Como cristianos debemos tener como máximo fin el ser agradables a Dios. Y, gracias a Dios, podemos estar completos en él por medio de Cristo (Colosenses 2:10).

Como ya vimos, la regla de Cristo es muy distinta de lo que practican los impíos. Exige de nosotros una calidad de conducta que va más allá de las expectativas humanas. Es perfecta porque proviene del mismo carácter de nuestro Padre que está en los cielos. Y en fin, sus recompensas son incomparables con lo que puede ofrecer el hombre. Vale la pena ser un fiel seguidor de los “pero yo os digo” de Jesús.

Dettagli
Lingua
Español
Numero di Pagine
4
Autore
Mateo Miller
Editore
Publicadora La Merced
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