No resistáis al que es malo

El cristiano no participa en la venganza, dejando todo en las manos de Dios. El amor de Dios nos capacita para responder en amor a cualquier mal que sufriéramos. ¡Que el Príncipe de Paz nos dirija siempre!

“Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses” (Mateo 5:38-42).

Jesús sigue su presentación del reino de los cielos en el Sermón del Monte con un discurso sobre la cuestión de ejecutar represalias o de no vengarse uno mismo. Él empieza con lo que dijo la ley antigua: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente”. Los oyentes conocían la ley de Moisés, y sabían a qué se refería. (Véase Éxodo 21:23-25; Levítico 24:19-20; Deuteronomio 19:21.) La ley les daba el derecho a castigar, hacer justicia, o vengarse de cualquier mal que otro les hiciera, tanto a su propia persona como a un pariente. Ellos también comprendían que la ley aseguraba que la retribución no fuera mayor que el mal recibido. Por ejemplo, no era mano por ojo, ni pie por oreja. El agresor debía recibir según el mal que había hecho. Entre los oyentes de este discurso, es posible que hubiera personas que habían recibido el pago por algún mal, y otros que hubieran recurrido a esta ley para sentirse satisfechos de haber recibido justicia.

El intento de la ley fue refrenar la venganza excesiva. A la persona misma que fuera agredida no se le permitía dar el pago. Debía acudir a los magistrados o jueces para que ejecutaran el juicio y decidieran el castigo. Estos debían considerar la naturaleza y el grado de cada daño hecho. Esta ley refrenaba al malvado, al infame que cometiera intencionalmente el agravio. Pero también defendía al que causara un daño sin intención o por accidente.

Esta actitud de venganza, pues, era muy conocida entre los oyentes de Jesús aquel día. La misma alimentaba el deseo de dar el pago y sentirse satisfecho por desquitarse. Ahora, Jesús hace una declaración extraordinaria por quinta vez en este mismo sermón cuando dice: “Pero yo os digo”. La ley de Moisés los permitió desquitarse y vengarse, pero yo les presento otro principio de conducta importante en mi reino. ¿Cómo deben responder al malo? No le opongan resistencia. No deben oponerse o defenderse ante el que quiera hacerles daño. Además, no deben sólo no resistirlo, sino más bien, a cualquiera que les hiera en la mejilla derecha, deben presentarle también la otra. Por humillante que sea recibir un golpe en la mejilla, no deben defenderse. Tampoco deben oponer resistencia al que busque pleito por quitarles la túnica; más bien, entréguenle también la capa. A cualquiera que les obligue a llevar carga por una milla, vayan con él dos millas. Si alguien les pide, deben darle lo que pida. Si quieren tomar prestado algo, no rehúsen dárselo. Esto es no resistir al malo.

Algunos quizá pensaron: Ese hombre está loco. ¿Cómo cree que podemos dejar que nos hagan mal y que se aprovechen de nosotros? Esto que dice Jesús no tiene sentido. Esta enseñanza los dejaba perplejos. Pero en lo profundo del corazón, la conciencia los amonestaba que desquitarse, u oponer resistencia no resultaba para bien. La venganza dejaba a unos tuertos y a otros mancos, entre mu chas otras consecuencias dolorosas.

Probablemente, muchos de los que escucharon el sermón de ese día, fueron a la casa pensativos. Algunos quizá resueltos a obedecer las nuevas palabras de aquel predicador y otros creyendo que lo que Jesús enseñaba no era ni razonable. Sin embargo, con el paso del tiempo observaron que Jesús no sólo hablaba, sino que su vida ejemplificaba lo que enseñaba.

Así vemos que cuando injuriaron a Jesús, hablando mal de él, no se defendió. Cuando fue entregado con un beso de hipocresía, trató al traidor como amigo. Cuando lo arrestaron, y un discípulo cortó la oreja de un siervo del sumo sacerdote, Jesús lo reprendió y le sanó la oreja. Enfrentó el juicio injusto en silencio sin abrir la boca en defensa propia. Cuando lo azotaron, lo golpearon, lo escupieron en la cara, lo hirieron, y lo clavaron en la cruz, no opuso resistencia. Jesús ciertamente fue un ejemplo perfecto de lo que enseñó. Él dijo que hubiera podido pedir 12 legiones de ángeles para defenderlo, pero no lo hizo. Por su oración en el huerto de Getsemaní, sabemos que le fue sumamente difícil enfrentar la cruz y la muerte, pero en todo salió victorioso; no opuso resistencia nunca.

Los apóstoles siguieron el ejemplo de Jesús y lo confirmaron en sus enseñanzas. El apóstol Pablo lo expresó así: “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:17-21). También en Romanos 13:8-10 dijo: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor”. Le escribió a la iglesia de Tesalónica así: “Mirad que ninguno pague a otro mal por mal; antes seguid siempre lo bueno unos para con otros, y para con todos” (1 Tesalonicenses 5:15).

Pedro escribió de esta forma: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pedro 2:21-24). Luego recalca esta verdad con decir: “para esto fuisteis llamados” y resalta el ejemplo de Jesús para que lo sigamos. Después continúa diciendo: “Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición” (1 Pedro 3:8-9).

Claramente vemos que este mandamiento es para la iglesia hoy. Si somos seguidores de Jesús, debemos hacer lo que él manda y seguir el ejemplo de él y de los apóstoles. Cuando Jesús presentó el “oísteis que fue dicho ... pero yo os digo”, él expuso los requisitos de justicia para aquellos que desean ser parte de su reino. Como alguien dijo: “La venganza no es buena nunca; envenena el alma y la mata”. Todo seguidor de Jesús enfrentará situaciones en que este mandamiento de no resistir al malo será importante para perseverar en la fe. Cuántas guerras, cuántos conflictos, enemistades, muertes, y muchas otras experiencias difíciles han resultado por no obedecer este mandamiento. Mientras escribo, las noticias revelan el incremento de muertes y pleitos a causa de la actitud de vengarse y devolver el golpe. El cristiano no participa en la venganza. Debemos dejar todo en las manos de Dios.

Ni aun en nuestros pensamientos debemos albergar la actitud de desquitarnos, porque Dios mira nuestros pensamientos como si fueran hechos. “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios. 10:4-5).

Si nos parece difícil poner por obra el mandamiento de Jesús, recordemos su ejemplo. Además, Romanos 5:5 dice: “Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”. Este amor de Dios nos capacita para responder en amor a cualquier mal que sufriéramos.

¡Que el Príncipe de Paz nos dirija siempre!

جزئیات
زبان
Español
نویسنده
Jimmy Ramírez
ناشر
Publicadora La Merced
موضوعات

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